viernes, 20 de octubre de 2017

La flor

Aquí, ahora, tú eres amada, tú eres profunda y absolutamente amado.

Siente lo divino en tu interior. Siéntelo en tu exterior. Siente cómo aquí y ahora todo es uno. Todo es uno. Todo es amor.


Desde cada rincón del universo hasta cada célula en tu cuerpo, hay una corriente apasionada de amor que abraza la existencia, la devuelve a sí misma. Te despierta. Te despierta a un abismo vital, a la rotundidad de vivir, de estar aquí y ahora realmente despierta, sin importar si estás físicamente despierta o dormida. Tu alma se despierta e impulsa una vida que transciende lo conocido.


Te rodea lo desconocido cada día y en este momento, estás conectada con cosas que no conoces. Como en una flor de muchos pétalos, los de un extremo no conocen a los del extremo opuesto pero están engarzados en una misma flor, son parte de una misma belleza. Y puede ocurrir que algunos pétalos reciban sombra y otros pétalos sol. Puede ocurrir que partes de ti se activen y otras se apaguen. Sin embargo, la flor entera existe constantemente aunque unos pétalos estén al sol y otros a la sombra y aunque haya momentos del día en que toda la flor se ilumina y otros en que se oscurece o incluso se cierra. En la plenitud y en la escasez, la flor existe al completo.


Las partes de ti en realidad no están en conflicto, lo mismo que en realidad no hay conflicto entre unos humanos y otros; tan sólo hay diferencias aparentes, superficiales. Cada parte de ti es un pétalo de una flor completa, cada parte de la humanidad es igual de importante para la flor. Cada lugar de tu ser, esté a la luz o a la sombra, es igualmente sostenido por el tallo, por la raíz, por la tierra inmensa, se alimenta por el sol masivo, inimaginable, que los pétalos intuyen. Cada pétalo, cada emoción en ti, es en este momento abrazada por la flor, cobijada por el universo entero.


Aquí y ahora, todo es amor. Todo es amor.



Extraído de una meditación guiada por Alberto Saiz en el contexto de un taller Amasfera en el espacio Kuraia Shing (Bilbo) en octubre de 2017.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Nada es ajeno



Yo Soy una llama ahora en tu corazón.

Un fuego que al danzar transforma el latido.

Y la emoción está en el instante. Ni después ni antes. Una vibración que diluye la frontera del tiempo. Se abre la puerta del instante hacia un amor sin interior ni exterior, porque encuentra su identidad donde enfoca la atención. No existe algo que tú no seas. Es la afirmación rotunda de la vida, la ampliación de la existencia. Nada es ajeno. El corazón se fusiona con el mundo entero. Nada es ajeno. Esta llama del pecho resplandece sobre cada ser en la tierra y en el cielo. Nada es ajeno. Vives en todo lo vivo, vives en todo lo muerto. Todo existe aquí al mismo tiempo. El instante. El instante en que se comprime el mundo entero. 


Oxigenas este mundo gastado en el que se compite para acceder a experiencias, para no dejar nada por vivir, para exprimir la existencia. Quien accede al amor no necesita experiencia porque está presente en todo lo que sucede. Se siente integrada en todo cuanto existe. Al no necesitar más, crea un vacío, una profundidad distinta para el mundo, una nueva dimensión, y la ansiedad de exprimir el tiempo se disuelve en esta dimensión nueva. En un mundo no tan sólido…


Presiente ahora el fuego en el pecho como si fuese líquido, fuego líquido expandiéndose hacia el resto del cuerpo, llenando cada parte. Un cuerpo de amor. Como si te habitaran aguas termales; sanadoras, cálidas, que despliegan emociones dentro de la intimidad del agua tibia…


Canalizado por Alberto Saiz en el contexto de un Taller Amasfera en Pamplona, septiembre 2017

martes, 5 de septiembre de 2017

Cielo en la tierra



Te sientas ahora bajo el cielo. Presente.

La inmensidad sobre tu cabeza. Presente.

Cada viento, detenido, sentado contigo.


Tú te sientas y contemplas; el cielo se sienta a contemplarte.
Su modo de sentarse es flotar en el espacio en torno a ti, permanecer suspendido, inmóvil, concentrando un mayor número de partículas, increíblemente pequeñas, que permanecen en tu radio de percepción. En la medida en que contemplas esto, se pueden fijar nuevas estructuras en el cielo de tu inconsciente.

Practicas la atención en el espacio que te rodea y el entorno se aquieta. Se difumina la distinción entre dentro y fuera, de modo que el propio cuerpo se funde en la quietud. Eres el cielo en la tierra en ese momento. Al proyectar la mente hacia fuera, la tierra que eres se convierte en cielo. Eres el cielo en la tierra. Impulsada por la intención de tu conciencia, te encuentras con un cielo que ha esperado durante eones por este momento. Ser el cielo en la tierra.



Extraído de una meditación compartida en el contexto del Retiro Espiritual Amasfera en Asturias, agosto 2017